Ser migrante, una identidad entre fronteras
¿Qué significa ser migrante? Es una pregunta que encierra tantas respuestas como experiencias humanas. Para explorar esta cuestión, hemos reunido los testimonios de emigrantes españoles y sus descendientes.
¿Qué significa ser migrante? Es una pregunta que encierra tantas respuestas como experiencias humanas. Para explorar esta cuestión, hemos reunido los testimonios de emigrantes españoles y sus descendientes. Estas voces reflejan la diversidad de vivencias que conlleva abandonar un lugar y echar raíces en otro, cargando con una mezcla de nostalgia, esperanza y resiliencia.
El investigador gallego Saúl Beceiro, residente en Michigan, define el ser migrante como “ser extranjero en el país donde vives y también extranjero cuando vuelves a tu propio país”. Esta dualidad resume un sentimiento compartido por muchos: la sensación de no pertenecer del todo a ningún lugar y, al mismo tiempo, estar conectado profundamente con varios.
Para Nuria Fraile, quien emigró de Madrid a Edimburgo hace casi 25 años, la experiencia ha sido un contraste entre desafíos y oportunidades. “Emigrar significó adaptarme a una nueva cultura, idioma y entorno, pero también me permitió crecer tanto personal como profesionalmente”, reflexiona. En sus palabras, se percibe el constante proceso de transformación que implica migrar: dejar atrás lo conocido para explorar lo incierto.
Eduardo Cuña Paz, es un gallego que lleva toda una vida viviendo en París, que resume la experiencia migrante con un tono melancólico: “Buscar el porvenir en una ciudad extranjera... me llaman emigrante por estar lejos de mi tierra. Emigrante es volver a la tierra y recordar la soledad y la pena que se siente lejos de ella”. Sus palabras evocan la dualidad de la migración: un viaje hacia adelante que siempre mira hacia atrás, hacia el lugar donde comenzó todo.
Por su parte, Alejandra Plaza, periodista y escritora residente en Suiza, define el ser migrante como “llevar el corazón dividido entre dos mundos, pero también multiplicado en afectos y aprendizajes”. Para ella, migrar es un acto de resiliencia y enriquecimiento: “Es construir un hogar allá donde los pies toquen tierra sin olvidar nunca las raíces que nos sostienen. Es aprender a mirar el mundo con esperanza porque partir no significa olvidar y llegar no significa dejar de luchar”.
El testimonio de Felipe Cid, nieto de cuatro abuelos ourensanos, nos recuerda cómo la experiencia migrante abarca generaciones. “Ser cubano nieto de cuatro abuelos nacidos en Ourense es el testimonio vivo de las penurias y desconsuelos que jamás pude olvidar”, comparte.
Felipe describe cómo, tras la muerte de su padre cuando él tenía solo nueve meses, su madre viuda y su abuela enfrentaron las adversidades con valentía, lavando y planchando ropa para sobrevivir. Pero su historia no es única. “No solo mi familia sufrió, otras también sufrieron y murieron en la tierra que como señorita risueña diera abrigo”.
Además, destaca el papel de los emigrantes españoles en Cuba, quienes fundaron más de 90 asociaciones, como el Centro Gallego de La Habana, y contribuyeron significativamente a la cultura e identidad de los nacidos en “la Margarita de los Mares”, nombre otorgado al archipiélago cubano por el marino gallego Sebastián Ocampo.
Desde el CRE de Londres, Celso López habla de la necesidad de adaptarse sin renunciar a la propia identidad: “Ser migrante es aprender a aceptar otra forma de ver la vida, respetando las costumbres de otros sin perder las propias”. Su testimonio destaca la importancia de encontrar un equilibrio entre la integración en una nueva sociedad y la preservación de las raíces culturales.
López también subraya el papel del migrante como puente entre culturas. “Somos embajadores no oficiales, llevando la esencia de nuestra cultura allí donde vayamos. Representamos, con orgullo, la imagen de nuestro país en tierras lejanas”.
En otra gran ciudad, como es Washington, reside Susana Martínez de Castro, para quien ser emigrante es como "tener tu corazón repartido en dos países: el de origen y el de acogida. Sumar experiencias y sentir carencias. Ser ciudadana del mundo y no pertenecer a ninguna parte. Expandir tu horizonte y hacerse más tolerante. No lo cambiaría por nada", señala.
En palabras de Alejandra Plaza: “Migrar es coraje; dejar lo conocido en busca de un sueño que nadie más puede ver tan claro como nosotros. Es contribuir, crecer y, a menudo, luchar para ser reconocidos, porque no solo cargamos maletas, sino también historias, talentos y amor por la vida”.
Desde Chile, la asturiana Nayda Fernández, explica que "ser emigrante es vivir con los pies en un lugar y el corazón en el otro lado. Es tener una patria que te vio nacer y también un país que te acogió al que también quieres y agradeces. Es añorar cada día lo que algún día dejaste y disfrutar cada vez que vuelves porque no sabes si esta sea la última vez. Es llenarte los ojos de cada rincón del pueblo cuando vuelves porque no vaya a ser que se borren esos pequeños detalles, esos sabores y olores que te siguen dando compañía en la distancia. Ser emigrante es vivir con el corazón "partío" siempre.
En definitiva, ser migrante es como ser un viajero entre dos mundos y un ejemplo de la capacidad humana para adaptarse y superar adversidades. Aunque cada historia es única, todas comparten un hilo común: el deseo de crecer y prosperar, llevando siempre consigo un pedazo de hogar.
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