Obituario| Beatriz Sarlo: una intelectual de raíces gallegas y pensamiento inquebrantable
“Hablar para pensar y después escribir” Beatriz Sarlo, (de su último libro "Las dos Torres – Siglo XXI", febrero 2024)
Beatriz Sarlo (1942- 2024) fue una intelectual en el cabal sentido de la palabra. Enseñó literatura en la Universidad de Buenos Aires, donde se había licenciado en Letras y dictó cursos en las más prestigiosas de Estados Unidos e Inglaterra. Premiada y traducida a nivel internacional, investigó y publicó sobre temas de literatura, nacionalismo, filosofía, sociología, vanguardias y cultura urbana y popular.
Escribió crítica bibliográfica, produjo obra, artículos periodísticos y creó y dirigió revistas de primer nivel, en tiempos oscuros para Argentina.
Gran oradora, presente en los debates de su tiempo, expresó su pensamiento y defendió con firmeza, no con fanatismo sino con argumentos, sus principios más allá de las modas o conveniencias políticas. Si había que ser “políticamente incorrecta” lo era, si se trataba de sostener ideas que parecían ya anquilosadas también. Tuvo entonces halagos, aplausos y refutaciones de tirios y troyanos, como suele sucederle a los principistas. No pasaba inadvertida, a la hora de plantar su postura tenía la convicción de quien no se ha vendido al mejor postor.
Hoy elijo recordarla, además, por sus raíces gallegas, hija de Raúl Sarlo Sabajanes y Leocadia Beatriz del Rio y nieta de un coruñés al que no conoció.
Y elijo para ello sus propias palabras ( El País- 2023)
“Tengo la fantasía de que me parezco a los gallegos, quizá por mi abuelo de A Coruña. Quizá por don Ángel Naveira, amigo de mi padre en Deán Funes, provincia de la Córdoba argentina. En aquel lejano entonces, aprendí que los gallegos no eran siempre rústicos, sino callados y astutos. No me lo enseñó mi abuelo gallego, porque murió antes de que yo pudiera conocerlo”.
En sus escritos (Buenos Aires, 2005 - Ramos Generales, diario Clarín): bajo el título “Ramos generales” habla de ese almacén de Angel Naveira, amigo de su padre, quien le habría enseñado lo que era ser gallego.
Así comienza: “Un edificio, justo frente a la plaza principal, el almacén de ramos generales, con entrada por la esquina, coronada por un gran cartel con la inscripción: Dopazo, Naveira y Cía; abajo, con letras más chicas, el nombre del pueblo, Deán Funes, y el número de teléfono”
Y así finaliza el relato de sus vivencias, en el que evoca a ese gallego que dejó, como tantos otros, su impronta y una historia de vida que parece multiplicarse.
“En ese despacho, don Ángel Naveira, un gallego que había llegado treinta años antes y había dormido una década debajo del mostrador de su primer despacho de comestibles, charlaba con los proveedores y los mejores clientes, que eran sus amigos. Con ellos, a mediodía, se cruzaba a la confitería de los hermanos Quintana a tomar un jerez. Añoraba, de su pueblo de Galicia, solo una cosa: la cazuela de pulpo (…) Don Ángel no regresó a España pero trajo toda su parentela. Un día le preguntaron por qué había venido él, en primer lugar. Contó que su hermano mayor había muerto en una barca de pescadores, a cien metros del puerto; su madre, todavía de luto, lo mandó a los quince años a América, diciéndole: “Tú no morirás en la mar”.
"En la ciudad vista. Mercancias y cultura urbana", Sarlo se refería así a Santiago de Compostela.
"Los jueves por la mañana las mujeres llegan desde sus aldeas a vender verduras en el mercado de Santiago de Compostela. Todas, o casi todas, son viejas. Se sientan en banquitos enanos y charlan con sus clientas, que también son viejas. En las canastas no hay un solo tomate que sea igual a otro; todos tienen alguna marca, un punto negro o un lunar más claro; los mazos de grelos todavía húmedos y coles pequeñas e imperfectas, como cabezas de niño. Cada una de estas mujeres tiene una relación directa con el producto que trae al mercado; viven cerca de Santiago y cerca de esas verduras, en un espacio que todavía hoy conserva algo de arcaico. Seguramente son las últimas que venden verduras orgánicas sin decorarlas con ese adjetivo hiperbólico, mitad técnico y mitad estético, propios de un vocabulario sobre lifestyles."
Beatriz Elcidia Sarlo Sabajanes murió el pasado martes, pero, como Don Ángel y tantos otros, derramó su obra y pensamiento hasta el presente y para la posteridad.
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