Amalfi Cortés Ramírez, plantando cara a la soledad con amistad, amor y bailoteo

Puro cachondeo el vis a vis con Amalfi Cortés Ramírez. Para alegría, la que irradian sus poros morenos. Para lamentos, mejor llamen a otra puerta.

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“La soledad no es amiga de nadie”, opina sabiamente Amalfi Cortés Ramírez, colombiana de sesenta y un años que, a pesar de llevar tan sólo dos en Ourense, se pasa el día rodeada de amistades. “Yo he dejado gente que me quiere por todas partes”, comenta. Cierto es, pues no es esta la primera vez que nos la encontramos. En una ocasión que zascandileaba entre familiares y amigas, en un popular lugar de encuentro latino, en Doctor Fleming, hablamos con ella, meses antes del verano. Lucía esa noche una peluca morena muy cuca y en seguida se dio a conocer. “A mí me encanta cambiar, me pongo postizos, me hago afro…”, deja claro Amalfi que cualquier cosa menos el tedio, el aburrimiento o el quedarse estancado.

Le dijeron hace poco en la pandilla al hilo de sus perjúmenes, “¿qué es lo que tú te untas?, ¿tú te bañas con miau?”, cuenta doña Cortés. Explica que la onomatopeya es sinónimos de orines, pero que en su tierra la expresión al completo es algo así como hablar de que “cheiras” a un “eau de toilette” tope de gama. De mear y no echar gota, diríamos aquí.

Han pasado meses desde ese encuentro y en esta ocasión nos la topamos en modo diurno, también con un estilazo de pañuelo turquesa y labio carmesí. “Me veo mejor con gafas”, dice coqueta, antes de dejarse retratar y empezar a fluir.

Sobre sus orígenes

Nació en Palmira Valle, un municipio en el Cauca, no muy lejos de Cali. “Soy del Rozo, un pueblo que puede ser como Bentraces”, explica. Así como en la parroquia barbadesa, allí se cultiva tomate, pero también algodón y caña de azúcar, que en cambio no se dan por estos lares.

Tuvo una infancia feliz en la que campaba a sus anchas por la aldea acompañada de sus cuatro hermanos. Voló con dieciocho años a Venezuela, donde tuvo dos hijos y acabó jubilándose. “Fui panadera y pastelera hasta los cincuenta y cinco años”, aclara. Esa familia está a caballo entre Colombia y Brasil, y en unas setecientas fotos y vídeos en su inseparable teléfono portátil.

Sobre sus intenciones

“Me separé de mi marido al venir a España”, revela. Amalfi tiene todo muy bien puesto y no se anda con circunlonquios ni ambigüedades. “Me puso los cachos, le perdoné porque yo soy muy abierta, pero me vine con ganas de cambio”, aclara. Aquí tiene una prima querida que le sugirió que se viniera y, aunque andan un poco peleadas, seguro que más pronto que tarde de nuevo se abrazan. Sirva esta entrevista para mandar amor a esa parienta, como se hacía en aquel famoso programa.

“Yo estoy muy activa en todo”, informa sobre asuntos del corazón Amalfi. Un medio pretendiente de estas tierras se le embarcó a África, vamos a ver si a su vuelta por fin hay mambo. “Ese viejo está en un barco pesquero”, puntualiza, y entretanto celebra el día de la independencia de Colombia, en el jardín del Posío, a golpe de caderazos. Unos vídeos nos enseñó en los que se la veía reina de la fiesta, soberana del merengue y emperatriz del baile.

“En un hombre pido que no fume, que tenga la dentadura bien y que huela rico”, he aquí la lista de deseos de Amalfi para los Reyes Magos. Cuenta que alguna cita tuvo con algún gallego que no paraba de quejarse. “¡Dale gracias a Dios de que amaneces vivo!”, opina sobre el episodio. “¡Cuánta gente lo hace con los pies para adelante!”, añade.

Es pura energía Amalfi Cortés que se muestra entusiasmada de vivir en Ourense. “Este año celebré mi sesenta cumpleaños”, comenta. Se quita uno, pero no por esa cosa de hacerse más joven, sino porque el fallecimiento de su padre, el año pasado, le robó un aniversario. Devota de una imagen de la parroquia de Santa Teresita, los domingos reza por él (y por los vivos) cuando visita el santuario.

“Canta con inspiración”, comentan sobre ella, que enseguida te engancha un micro y se arranca con un bambuco. “¡Me das mucha energía, negra!”, le dicen sus allegados, y damos fe de que el salseo que lleva encima esta señora no es propio de nuestros oriundos de sesenta y un años.

¡Feliz estancia Amalfi Cortés!, ¡dale vida a nuestras gentes solitarias de más de setenta años! “Siempre me gustaron los hombres mayores”, confiesa ella, sobre sus gustos de toda la vida en términos de señores. No sabemos si esto es compatible con lo de los dientes pero, ¡estás en el lugar apropiado amiga conquistadora!, cada vez hay más maduros disponibles, dispuestos a echar un baile.

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