Alexandra Ramírez, la entrega incondicional por bandera
Llegó Alexandra Yomara Ramírez Arrieta a la provincia de Lugo en 2008. “Fue por amor”, sonríe con palabras. Su vida en Medellín era “trabajar en banca, la universidad y su grupo de amigas”, aclara.
Llegó Alexandra Yomara Ramírez Arrieta a la provincia de Lugo en 2008. “Fue por amor”, sonríe con palabras. Su vida en Medellín era “trabajar en banca, la universidad y su grupo de amigas”, aclara. Un día la pandilla, al verla cumplir años sin pareja, decide hacerle una jugada. “Me tomaron unas fotos y me apuntaron en una página de solteros”, comenta. “Me consiguieron a mi esposo con treinta y dos años”, añade. La preselección la hicieron las camaradas y ella estuvo siendo invitada a citas, a veces presenciales, a veces a través de la pantalla. “Solo me cuadró mi esposo”, dice, “este va a ser el padre de mis seis hijos, me encanta”, remata.
Vivía su actual marido en Lugo, ejercía su profesión en Ourense y la iba conociendo por videollamada. Finalmente, fue a verla a Colombia en un par de ocasiones, y al acabar ella la carrera, se la trajo a España. Entró con una visa de trabajo, y así la gestión fue bien rápida.
Acogida acogiendo
“Tenemos mi esposo y yo un camino de evolución espiritual”, explica Alexandra, “somos familia de acogida”. “Mi hijo quería tener hermanitos y empezó a rezar y a pedirnos que adoptásemos”. Cuenta Alexandra que tiene 49 años y ninguna de estas opciones las veía viables. Explica que cinco niños chiquitos ya han pasado por su casa. Angelo al lado, que pronto cumple doce años, asiente mientras ella, con mucha calma, entra en detalles. Llegan estos angelitos con unas mochilas importantes, pero esta empatía hacia criaturas necesitadas está en la base de su hogar, su mundo y también su alma. “Creemos que los seres humanos se tienen que mover por el amor”, explica, y añade que no es una cuestión de religión, pues se consideran más bien agnósticos. “No creo que las personas nos pertenezcan, yo entiendo la entrega incondicional”, resume una filosofía Alexandra, que es digna de alabar. “Yo estoy en el camino de estos niños, pero no necesariamente para quedarme”, explica una visión de sí misma en este proceso desprovista de protagonismo. “Me ayuda a comprender el caos del mundo”, aclara.
“El primer bebé que vino fue Mateo, venía muy enfermito, ya sabíamos que iba a fallecer, se me murió en los brazos con seis meses”, explica Alexandra. Imposible no dejar caer unas lágrimas cuando lo cuenta. “Se trataba de que tuviese un hogar, amor, y saliese del hospital”, añade con la afectación justa, la de esa persona que despide cuando el adiós toca, y que entiende que amor también significa saberlo aceptar. “La orden era que no lo tuviéramos con vida asistencial”, explica. “Era un niño precioso”, recuerda. Tuvieron su elaboración de duelo y lo dejaron marchar.
Hay una Michelle que tiene dos años de la que Angelo quiere que se hable, de vez en cuando les visita, y aún dice que tiene dos papás. “Y un nené”, que viene a ser él, explica Alexandra. Ayer se la trajeron y el hogar se vistió de fiesta y fue un día especial.
Sobre la endometriosis
Cambiamos de tercio y nos cuenta Alexandra que tiene endometriosis severa, y que Angelo fue un regalo que vino en una compleja fecundación in vitro. “Sufro de dolores crónicos que son incapacitantes, no tiene cura, afecta a la reproducción y nos toca mucho hormonalmente”, describe su enfermedad Alexandra. Denuncia que es un mal muy desconocido que afecta al 15% de las mujeres. “Necesitas también tratamiento psicológico porque los medicamentos también tienen efectos secundarios”, explica. “Está catalogada en España como enfermedad común”, explica, así que no puede trabajar por obvias razones, ni a percibir ayuda alguna tiene derecho Alexandra.
Hace tres años le sacaron dos tumores muy grandes que decidió quitarse en Colombia porque en la sanidad pública querían someterla a un vaciado total. “Por la privada era carísimo”, explica. “Si sale bien evolucionas bien, pero si quedas mal, y tocas más el nervio, ya no hay vuelta atrás, no hay manera de manejar el dolor”, aclara.
Vive Alexandra y familia en la urbanización Monterrei, aunque visitan mucho a la abuela que vive en Lugo, no lejos de Chantada. Se suscribió una colombiana en la televisión de Galicia allá en su tierra para venir preparada. “Nos adaptamos a las circunstancias”, explica, e intenta hacer fácil la vida a todos con la lógica de ponerse en zapato ajeno.
Nos enseña Alexandra Yomara que el dolor es más llevadero desde la entrega incondicional. Y también que los héroes del cotidiano se esconden en cualquier lugar.n
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